La tierra de todos

Y de repente, alguien llamó a la puerta. Aquella fría Nochebuena de 1933 no esperaba ninguna visita. Ni el resto de noches. Abrí la puerta y allí estaba Albert, envejecido por el paso del tiempo, con una botella de whisky, la misma que bebimos en la Nochebuena de 1914.

Sin apenas pedir permiso, entró, cogió una copa de la mesilla del vestíbulo y se sirvió. Se sentó en el sofá y comenzó a beber.

-Ha pasado mucho tiempo- dijo tras acabar la primera copa.

Cerré los ojos.

Las balas resonaban en mis oídos y las bombas, en mi conciencia. Faltaban unas horas para Navidad y seguíamos aniquilándonos desde las trincheras. Ya llevábamos un par de meses sin avanzar y la guerra parecía que había entrado en una etapa de estabilidad.

Yo estaba en mi hora de descanso. Normalmente aprovechaba para dormir un rato pero aquella noche unos franceses nos habían traído unas gaitas para agradecernos nuestra gran ayuda, sin la cual Francia ya habría caído en manos alemanas. Antes de la guerra yo había sido gaitero en Dundee, así que tocarla era lo mejor que me había pasado en mucho tiempo. Agarré la gaita y empecé a tocar flojito, recordando unos acordes que llevaba cinco meses sin hacer sonar.

La música crecía en intensidad a medida que pasaban los minutos mientras las balas iban pasando poco a poco a segundo plano. Cada vez eran más los camaradas que cambiaban el fusil por la gaita. Por primera vez en mucho tiempo, mis compañeros sonreían. Por unos minutos pudimos olvidar las muertes, los heridos, el olor y la humedad para disfrutar de cada uno de los acordes.

Otro sonido, diferente al de la gaita, comenzó a oírse en las trincheras enemigas. Se trataba de un sonido suave pero vibrante ¡Eran armónicas! Había oído muchas historias acerca del uso de las armónicas por parte de los alemanes para calmar los ánimos en las batallas pero nunca lo había vivido en primera persona. El espíritu navideño había surtido efecto en nuestras almas. Ambas trincheras conseguimos, tras varios minutos, compenetrarnos y producir el mismo sonido musical.

El hartazgo de tanto dolor, el deseo de acabar con todo y la emoción me llevaron a armarme de valor y a cantar “Noche de paz”. Fui escalando la trinchera y me erigí sobre ella ante la visión de ambos bandos. Tom y Jack intentaron agarrarme del brazo para hacerme bajar sin éxito. Los alemanes me miraban atónitos. Uno de ellos cogió su rifle y apuntó pero su compañero se lo hizo bajar. Las gaitas y las armónicas habían dejado de sonar y solo se oía mi voz, quebrada por la emoción.

Comencé a caminar andando de puntillas entre los cadáveres malolientes para no pisarlos hasta que logré situarme en el centro de la tierra de nadie. Cuando acabé el villancico, durante unos segundos el silencio invadió el campo de batalla hasta que un oficial alemán salió con un pañuelo blanco de su trinchera. Unos alemanes intentaron persuadirle para que volviese atrás y los británicos le miraban con bastante recelo. Tal era mi osadía que ni siquiera me molesté en mirar si iba armado. Se acercó a mí.

-Hallo! Soy Albert- dijo el alemán.

-Hello! Puedes llamarme John- contesté.

-Hemos entendido vuestro mensaje y nos parece bien hacer una tregua por Navidad. Pero solo una. En Nochevieja no propongáis otra, ¿eh? – pidió irónicamente el oficial.

-Me alegro de que a vosotros también os parezca bien. ¡Es Navidad! Bueno, todavía falta un minuto- bromeé.

Un minuto después ambos comenzamos a mover las manos advirtiendo a nuestros respectivos compatriotas de que la tierra de nadie ahora era de todos. Algunos compañeros fueron los primeros en salir de las madrigueras pero muy pronto otros alemanes siguieron sus pasos. Sin embargo, en ambos bandos se podía ver la cara desconfiada de algún soldado con el ceño fruncido y con el fusil agarrado como si alguien se lo estuviese intentando quitar. Albert y yo habíamos convertido al campo de batalla en el escenario de una orquesta de gaitas y armónicas. También brindábamos con las botellas de whisky y con las jarras de cerveza.

-Vaya, pensaba que solo tomabais mariconadas como té y café- sugirió Albert.

-¡Eso son los ingleses! Nosotros somos más de whisky- repliqué con cuidado de que no hubiese ningún inglés cerca. No pretendía cambiar de bando.

A lo largo de la fiesta aprovechamos para recoger nuestros cadáveres y poder hacerles una apropiada sepultura como héroes de guerra. Tom había perdido a su hermano en el fragor de la batalla y se lamentaba arrodillado sobre su cadáver, acribillado por las  balas y desfigurado por una granada, de que la tregua no hubiese comenzado unas horas antes. Aquella fiesta era en su honor.

Muchos de los soldados jugaban a fútbol en equipos mezclados con británicos y alemanes, otros comparaban sus rifles y los más melancólicos enseñaban fotos de sus mujeres. Sin duda, las alemanas no llegaban a las escocesas a la suela de los zapatos. También jugábamos al póker. De hecho, Albert y yo habíamos formado una pareja excepcional y no había nadie capaz de derrotarnos.

Soldados alemanes y británicos jugando a fútbol en la tregua de Navidad de 1914.

La tregua tenía que acabar a las ocho de la mañana y cinco minutos antes nadie había vuelto a las trincheras. Los soldados rencorosos que se habían mantenido durante toda la noche en ellas comenzaban a enfadarse al sentir que habíamos olvidado quién era el verdadero enemigo y para qué estábamos allí. Miraban de reojo con el gesto cada vez más torcido.  De pronto, un joven soldado alemán con bigote estilo “cepillo” y con pintas de no ser una persona muy equilibrada salió de la trinchera y comenzó a disparar a soldados ingleses, apuntando a los más borrachos. Mientras nos replegábamos y volvíamos a las líneas aliadas, se oyeron gritos de desolación, palabrotas en alemán e insultos en inglés. Mientras volvía, no pude evitar girarme y ver por última vez, o al menos eso es lo que pensaba entonces, la mirada de Albert. La guerra se reanudó.

De repente, reaccioné y me acerqué rápidamente a Albert hasta estar pegado a su cuerpo. Le miré fijamente a los ojos.

-¡Albert! No puedes imaginar lo que me alegro de verte. Tengo tantas preguntas… ¿Cómo me has encontrado?- pregunté.

-Yo no me alegro de verte. ¿Recuerdas a aquel enano que acabó con la tregua de la Navidad de 1914 cuando nos conocimos?- contestó sin apenas responderme a la pregunta.

-Bueno, más o menos. Recuerdo su bigote… Y poco más-repliqué sin entender muy bien a qué venía todo aquello.

-Es el nuevo Führer.

 

 

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