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Pedro Sánchez tenía razón

A lo largo de estos días, estamos observando cómo el Gobierno, finalmente, va a aprobar los presupuestos de 2017. Hemos tenido que esperar hasta finales de mayo, y aunque es cierto que no se podían convocar terceras elecciones porque aprobar los Presupuestos de manera inmediata era algo imprescindible, nadie parece haberse preocupado -en exceso- por ellos en los últimos meses.

Lo cierto es que a Rajoy le ha costado (y mucho) sumar los 176 apoyos necesarios para conseguir una mayoría en el Congreso que apruebe los PGE. Desde la investidura, ya tenía prácticamente asegurados los votos de Ciudadanos y de Coalición Canaria. Los votos del PNV y de Nueva Canarias han salido más caros (sobre todo para los que no somos de Euskadi o de Canarias), pero, al final, el PP ha conseguido sumarlos.

Pero, ¿dónde ha estado el PSOE a lo largo de esta negociación? ¿Dónde está ese partido de estado que antaño fue decisivo para la gobernabilidad? La realidad es que antaño es hace siete meses y que antaño, Rajoy engañó, con una inteligente maniobra política, al PSOE y a todos los ciudadanos que creían que la obligación del PSOE era la de abstenerse.

Rajoy niega el el saludo a Pedro Sánchez. Foto: ZIPI (EFE)

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Al salir del cascarón

Para no perder la costumbre, llegué con media hora de antelación a la tribuna de invitados con la esperanza de enterarme de algún chascarrillo. Quince minutos antes del comienzo de la sesión, un grupo de personas a las que yo había identificado como miembros de la “Operación Cal” llegaron a la tribuna. Se sentaron por separado, aunque las miradas y las señas dejaban claro que habían venido juntos. Todos llevaban una carpeta negra y muchos unos buenos habanos en el bolsillo de la americana. Sin duda, algo iba a pasar.

Éramos pocos los periodistas al corriente de las reuniones que cada jueves habían tenido lugar en la habitación 215 del Hotel Ritz. Sin embargo, ninguno de ellos se había atrevido a publicar nada. No estábamos dispuestos a adentrarnos en un asunto que quizás nos venía demasiado grande. No importaba si eran periodistas, empresarios o funcionarios, jóvenes o mayores y comunistas, nacionalistas o derechistas. Todos se reunían allí.

Los diputados iban llegando poco a poco y los socialistas miraban con desconcierto la tribuna repleta. Aún recuerdo la mirada de desdén del que sería el próximo líder del PSOE hacia la tribuna, como si se esperase lo que iba a suceder en las próximas horas. Yo, desde luego, no lo sabía. Bajé a la sala de prensa.
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Gurús de los debates electorales

Más allá de sorprenderme o impresionarme la habilidad de Pablo Iglesias para acercarse de una manera tan directa a la gente, la de Albert Rivera para pasar de mostrar muchos nervios al comienzo del debate a presumir de una oratoria envidiable, la capacidad de Pedro Sánchez para pasar de reírse continuamente de las “mentiras” de sus rivales a afianzarse como el candidato más serio y presidenciable en cuanto a propuestas o la de Soraya a salir relativamente airosa de los ataques en cuanto a corrupción de los otros tres líderes políticos, lo que más me ha sorprendido de este debate ha sido la capacidad de tantos periodistas de asegurar quién es el que lo ha ganado. Yo me siento incapaz.

Probablemente, lo único que soy capaz de afirmar con total seguridad es que sí, y que pese a lo que pueda decir Pablo Casado, que aseguró que Rajoy fue el ganador del debate de El País en el que no estuvo, que Mariano Rajoy fue el gran perdedor de este debate por haberse quedado en el sillón de su casa. El hecho de que su sustituta, Soraya Sáenz de Santamaría no lo hiciese tan bien como podíamos esperar de ella, también contribuyó a dicha causa. También es cierto que Rajoy podría haber salido escaldado de este debate de haber ido, ya que no me lo imagino teniendo éxito ante las portadas de “El Mundo” que mostró Rivera en las que se acusaba al Presidente de corrupción.

Ante esta incapacidad mía de como digo, saber quién fue el ganador, anoche decidí quedarme un poco más para escuchar algo del post-debate, tanto en Antena 3 como en La Sexta, y me sorprendió ver como profesionales del periodismo tenían opiniones tan dispares. Por ejemplo, mientras que en Antena 3 un periodista (cuyo nombre desconozco) explicaba que Pedro Sánchez había sido el gran vencedor del debate tras haber demostrado que es el más presidenciable por su gran cantidad de propuestas creíbles (según este periodista fue el que más medidas propuso), otro periodista, esta vez de El Mundo, señalaba a Pedro como el gran perdedor. A continuación, cambié de canal y puse Al Rojo Vivo y, madre mía, parecía que Pablo Iglesias había sido el gran vencedor de la noche y, además, con rotundidad. Se llegó a asegurar que su intervención final en el “minuto decisivo” del debate iba a ser lo más recordado de la campaña como si el discurso de Iglesias estuviese a la altura de otros ampliamente recordados como los de Winston Churchill o los de Martin Luther King. En conclusión, los post-debates, todo lo contrario de ayudarme a saber quién había sido el ganador, me hicieron darme cuenta, una vez más, de la insistente falta de objetividad en los medios españoles. Tampoco lo reprocho, porque al final es lo que demanda la audiencia.

Disfruté del debate, sin duda, pero para nada fue decisivo. Ana Pastor y Vicente Vallés no consiguieron conocer algo más acerca de los pactos post-electorales, que era su gran misión. Tampoco me aclaré si, por ejemplo, el contrato único que propone Ciudadanos es una vuelta de tuerca más a la reforma laboral del PP como defiende el PSOE o si, en cambio, traerá de verdad contratos indefinidos de calidad de una vez a España.

Solo el próximo 20 de diciembre nos dirá si Rajoy pagará el no haber ido a este debate, si Pedro Sánchez recibirá la confianza para llevar a cabo las reformas que promete, si Pablo Iglesias llegará a más gente que a la que pareció resignarse con su alegato final, a una minoría guiada por el populismo, y si Albert Rivera tendrá que elegir entre el PSOE y el PP o si estos dos partidos tendrán que elegirle a él.

Los participantes en el debate (de izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría).

Los participantes en el debate (de izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría). Foto: El Confidencial.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí?

El mundo y especialmente Europa están conmocionados por la oleada de refugiados que tratan de venir al Viejo Continente en busca de una vida mejor huyendo de la Guerra Civil que está teniendo lugar desde hace varios años en Siria causada por el hartazgo de los sectores civiles hacia su dictador Bashar al Assad, por lo que parece conveniente recordar cómo se ha llegado a esta dramática situación y quiénes deben asumir responsabilidades.

Si bien es cierto que la comunidad internacional no tardó en intervenir en Libia, con el resultado de la caída de su dictador, Gadafi, o se dejó caer a Mubarak en Egipto, ¿por qué no se ha intervenido en Siria? Hay dos razones fundamentales. La primera es la ausencia de recursos económicos y energéticos en la zona, por lo que las potencias occidentales no tienen con que ser pagados a cambio de salvar a los ciudadanos sirios de sus penurias y su desastre. Por poner un ejemplo, es muy conocido como en Libia había unos importantes intereses económicos, debido a la existencia de grandes recursos petrolíferos, de ahí que Occidente no tardase en tomar partido.

La segunda razón, pero no menos importante, es la negativa de Rusia a que la OTAN intervenga en el país árabe, Rusia no quiere ver como el último aliado regional de Putin cae en manos de Washington. Bashar al Assad representa una línea roja para el país exsoviético por varias razones pero principalmente porque cree que ya ha cedido lo suficiente dejando caer a Mubarak en Egipto, reconocido aliado de Putin. Además, Siria compra una gran cantidad de armamento a Rusia. No es muy difícil ver la relación entre la intervención de Rusia en Chechenia y la de Bashar al Assad en su pueblo ya que ambas se hicieron alegando que los chechenos eran terroristas y que los rebeldes sirios eran más de lo mismo.

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Un homme qui a perdu sa liberté de choisir

A continuación os presento el poema que he presentado al concurso de la Semana Cultural Francesa de Liceo Monjardín, el cuál ha quedado finalista.

C´est l´histoire d´un homme

qui éclate en sanglots

qui se sent misérable

 qui a perdu son boulot.

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Pitar el himno

Desde que sabemos que los finalistas de la Copa del Rey de fútbol son el Athletic y el Barcelona, los que seguimos la información deportiva, hemos podido comprobar, un año más, la aparición del debate sobre las pitadas al himno de España.

Hay por supuesto personas que sienten el himno de su país y otros que no, y esto es perfectamente comprensible, pero ¿acaso yo pito el himno de Cataluña o el de Francia? Obviamente no lo hago, lo considero una falta de respeto, ya que estos pitos hieren los sentimientos de los que sí sienten esos himnos. Por eso mismo, pido no volver a escuchar en un acto deportivo reivindicaciones políticas, promovidas por políticos que nos engañan y que quieren lo que quieren, portadas. El deporte es deporte, no política.

Hay veces que me pregunto ¿por qué está bien considerado llevar una estelada o una ikurriña, mientras que si llevas una bandera española te tacharán de facha? Anoche, unos aficionados del Espanyol ejercían su derecho de lucir una bandera de España en su partido contra el Athletic de Bilbao. Por supuesto, los segundos lucían una gran cantidad de ikurriñas. Al sacar este aficionado del Espanyol la bandera de España, los seguidores del Athletic se volvieron locos, comenzaron a faltar al respeto y a insultar. Los aficionados del Espanyol también insultaron a continuación.
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“Abrid escuelas y se cerrarán cárceles”

En tiempos de crisis económica, de paro, de mucho desempleo juvenil, no se le ha ocurrido al Gobierno otra cosa que gobernar para los ricos de nuevo mediante otra reforma universitaria que permitirá a las universidades ser más flexibles en cuanto a la duración de los grados se refiere, que a partir de ahora podrán ser de 3 o 4 años.

El objetivo directo de esta reforma, según el gobierno, es adaptarnos al modelo europeo de grados de 3 años para que vengan más estudiantes extranjeros a estudiar a España. A primera vista, esto parece una estupenda idea y una forma de revitalizar la economía. Pero nada más lejos de la realidad, es una reforma que permite que los máster, que valen el doble que un curso de un grado, podrán ser de dos años, insisto, cada año de un máster (público) cuesta el doble que un curso de grado.

Los estudiantes de las universidades han descendido y seguirán descendiendo si no se da marcha atrás con esta reforma que solo beneficia al sector más afortunado de la sociedad. A partir de ahora, veremos  muchos casos de personas que no podrán permitirse el máster y que tendrán una titulación de 3 años, mientras que los que sí puedan permitirse los dos años de máster, tendrán unos estudios universitarios de 5 años, una injusta diferenciación.

A Rajoy, a Wert y al resto del gabinete no les vendría mal que les recordáramos que gobiernan para el conjunto de la población, no sólo para unos pocos, y si van a seguir por esta senda, que no se atrevan a luego criticar con razón a Mas por solo gobernar para los independentistas.

Tampoco vendría mal recordarles las palabras de Concepción Arenal “abrid escuelas y se cerrarán cárceles”.