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Mi experiencia en Los Bañales

Apenas han pasado tres horas desde que he regresado a mi casa tras pasar dos semanas excavando en la ciudad romana de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza), pero no puedo esperar más a escribir sobre esta maravillosa experiencia.

Debo reconocer que la idea de levantarme cada día a las cinco y media de la mañana en Biota al mismo tiempo que mis amigos se iban a la cama en Sanfermines no sonaba demasiado atractiva antes de que llegar a Biota y, de hecho, ha resultado duro, pero el cansancio lo hemos suplido con ilusión por ser los protagonistas de un nuevo hallazgo. Y los descubrimientos han sido muchos, como queda claro en la página de Facebook de Los Bañales que recomiendo a todos.

En concreto, yo he estado excavando junto a Adela Duclos, Mercedes Roa y Álvaro Corominas un paso de peatones romano localizado en la calle norte/sur de la llamada “Casa del peristilo”. Se trata de tres bloques seguidos por una acera que conduce a un nuevo recinto, que probablemente es doméstico, y que demuestra que en Los Bañales queda mucho por hacer.

Ahora que todo ya se ha acabado por esta campaña, me llama la atención cómo me “emocionaba” el primer día de excavación con el primer fragmento de cerámica hallado y cómo pronto eso se convirtió en una rutina. O cómo pasé de querer encontrar a toda costa los bloques del paso de cebra que andábamos buscando y que, de hecho, hemos hallado como atestiguan estas fotos, a comprender a medida que pasaban las horas de excavación (y también un par de broncas por algún agujero que otro…), lo importante que es seguir un método con tranquilidad y con objetivos realistas.
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Miradas cruzadas

Me asomé al pozo y descubrí, aterrorizado, unos esqueletos de hombres, mujeres e incluso niños que se podían contar por decenas. Superpuestos, amontonados como si las almas que un día llevaron dentro no importasen nada. Humillados. Una culebra recorría los huesos descendiendo por el cráneo y enrollándose en las costillas.

A lo largo de la mañana había hallado objetos de poco valor como restos de cerámicas medievales y tejas pero había algo que me había llamado la atención sobremanera. Era un casquillo de bala de unos setenta u ochenta años conservado en muy buenas condiciones. Sin embargo, al soplar la tierra y limpiarlo descubrí que, desgraciadamente, no incluía ninguna inscripción. El objetivo de mi excavación no era encontrar algo de un valor incalculable, pero había soñado con encontrar algo que  “alterase” el rumbo de la historia y aquel casquillo de bala era toda una esperanza. Siempre había sido un soñador y las películas de Indiana Jones que mi padre acostumbraba a ponerme habían marcado mi infancia entre aventura y aventura. En realidad, más que un sueño era una cuestión familiar.

El casquillo de bala había sembrado la esperanza y yo seguía excavando apasionadamente buscando algo que me indicase qué es lo que hacía allí. Ya tenía callos del verano y apenas noté el frío en mis palmas. Las horas pasaban, la lluvia salpicaba mi ropa y mis botas se llenaban de barro pero mis ganas seguían imperturbables. Incluso, llamábamos la atención de los vecinos de Puente Real que observaban atónitos cómo destrozábamos sus matojos y cómo desenterrábamos su historia con nuestra curiosidad, de la que quizá pecábamos desde el punto de vista moral. O no. Entre todos ellos, apareció una anciana que me golpeó con su bastón por la espalda para advertirme.
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