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El principio del fin del procés

Unidad, unidad y más unidad. Los últimos diez días estas han sido las palabras más repetidas por nuestros políticos. ¿Pero realmente ha habido unidad? Es evidente que no. La primera noche tras el atentado de Barcelona, Rajoy y Puigdemont se reunieron con sus equipos por separado. Pero unidad, eh. Hace un par de días los cuerpos de seguridad del estado denunciaron que los mossos les han marginado de la investigación. Pero más unidad. Puigdemont y la CUP han estado orquestando una manifestación de rechazo a España, o al menos que lo pareciese, en vez de una en contra del terrorismo. Unidad, ¿en serio?

Tanto el PP como el PSOE aprendieron del once de marzo de 2004 que no se pueden aprovechar de un atentado para hacer política y algunos teníamos la esperanza de que esta vez el debate no lo iban a centrar las cuestiones más políticas, sino que se iba a hablar más de los fallos que hemos cometido. A un mes del uno de octubre, la tentación de convertir una manifestación masiva en contra del terrorismo en otra en contra de España, de Felipe VI y de todo aquel que no piense como ellos era demasiado grande para Puigdemont y los suyos. Basta concentrar a un montón de independentistas que griten consignas, porten pancartas y agiten banderas para conseguir la internacionalización del procés.
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Pedro Sánchez tenía razón

A lo largo de estos días, estamos observando cómo el Gobierno, finalmente, va a aprobar los presupuestos de 2017. Hemos tenido que esperar hasta finales de mayo, y aunque es cierto que no se podían convocar terceras elecciones porque aprobar los Presupuestos de manera inmediata era algo imprescindible, nadie parece haberse preocupado -en exceso- por ellos en los últimos meses.

Lo cierto es que a Rajoy le ha costado (y mucho) sumar los 176 apoyos necesarios para conseguir una mayoría en el Congreso que apruebe los PGE. Desde la investidura, ya tenía prácticamente asegurados los votos de Ciudadanos y de Coalición Canaria. Los votos del PNV y de Nueva Canarias han salido más caros (sobre todo para los que no somos de Euskadi o de Canarias), pero, al final, el PP ha conseguido sumarlos.

Pero, ¿dónde ha estado el PSOE a lo largo de esta negociación? ¿Dónde está ese partido de estado que antaño fue decisivo para la gobernabilidad? La realidad es que antaño es hace siete meses y que antaño, Rajoy engañó, con una inteligente maniobra política, al PSOE y a todos los ciudadanos que creían que la obligación del PSOE era la de abstenerse.

Rajoy niega el el saludo a Pedro Sánchez. Foto: ZIPI (EFE)

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Al salir del cascarón

Para no perder la costumbre, llegué con media hora de antelación a la tribuna de invitados con la esperanza de enterarme de algún chascarrillo. Quince minutos antes del comienzo de la sesión, un grupo de personas a las que yo había identificado como miembros de la “Operación Cal” llegaron a la tribuna. Se sentaron por separado, aunque las miradas y las señas dejaban claro que habían venido juntos. Todos llevaban una carpeta negra y muchos unos buenos habanos en el bolsillo de la americana. Sin duda, algo iba a pasar.

Éramos pocos los periodistas al corriente de las reuniones que cada jueves habían tenido lugar en la habitación 215 del Hotel Ritz. Sin embargo, ninguno de ellos se había atrevido a publicar nada. No estábamos dispuestos a adentrarnos en un asunto que quizás nos venía demasiado grande. No importaba si eran periodistas, empresarios o funcionarios, jóvenes o mayores y comunistas, nacionalistas o derechistas. Todos se reunían allí.

Los diputados iban llegando poco a poco y los socialistas miraban con desconcierto la tribuna repleta. Aún recuerdo la mirada de desdén del que sería el próximo líder del PSOE hacia la tribuna, como si se esperase lo que iba a suceder en las próximas horas. Yo, desde luego, no lo sabía. Bajé a la sala de prensa.
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Abstención o terceras elecciones

Tras el adiós o quizás hasta luego de Sánchez, las opciones del PSOE se reducen a dos: abstenerse en una investidura de Mariano Rajoy o abocar a España a terceras elecciones, cada cual de ellas peor para los socialistas. Hasta hace una semana el PSOE había incurrido en una contradicción con su triple no (a Rajoy, a formar un gobierno alternativo y a terceras elecciones) pero Sánchez decidió volver a ponerse manos a la obra e intentar un pacto con Podemos y Ciudadanos (según algunos con Podemos e independentistas), un pacto que en la pasada legislatura se demostró imposible. Sin embargo, tras la dimisión/cese de Sánchez la opción de un gobierno alternativo se puede dar por acabada.

Los que tenían tantas fobias respecto a Sánchez respiraron ayer aliviados pero se equivocan si piensan que automáticamente su adiós va a significar la abstención del PSOE, pues el Secretario General no decide la política de pactos del Partido y es el Comité Federal, formado por cerca de 300 miembros, el que la decide y, hasta la fecha, nadie dentro de él se ha mostrado favorable a una abstención. Ni siquiera Fernández Vara.

Pedro Sánchez anuncia su dimisión. Foto: el socialista digital.

Pedro Sánchez anuncia su dimisión. Foto: el socialista digital.

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Camino de terceras elecciones

Hace un mes, e incluso hace una semana, parecía evidente que la obligación de Ciudadanos y del PSOE era, respectivamente, abstenerse y votar afirmativamente en una investidura de Mariano Rajoy pero todo me parece cada vez más complicado. Lo es aún más tras el procesamiento del PP por la presuntamente deliberada destrucción de los ordenadores de Bárcenas con el único fin de destruir pruebas y eso que habrá que ver si el único que sale escaldado de todo esto es el informático del PP.

Hay que ir por partes. En primer lugar, Albert Rivera se ha comprometido a que los 32 diputados de Ciudadanos se abstengan y no es moco de pavo teniendo en cuenta cómo está la situación. Y lo que es más, ya ha incumplido una de sus promesas electorales. Por tanto, ¿con qué legitimidad hablaría Rivera a sus electores si decide votar sí a Rajoy? y ¿qué cara se les quedaría a todos los ciudadanos que han confiado en Rivera como garante de la regeneración democrática? Cara de tontos.

Sin embargo, si el PP ofrece a Rivera la dimisión o el cese de Fernández Díaz, un pacto por la educación y unas cuantas medidas de regeneración democrática, le pondría mucho más fáciles las cosas a Ciudadanos. Pero el Partido Popular no parece por la labor. Equivocado está el PP si piensa que le van a llover los votos del cielo y seremos muchos los españoles que les culparemos de una hipotética nueva repetición de elecciones si Rajoy no se pone a trabajar de una vez. A trabajar de verdad. Está muy bien eso de que se sacó las oposiciones muy joven y que tiene una dilatada trayectoria pero le falta cierta cultura de pacto. Para pactar hay que trabajar y Rajoy no está haciendo ahora mismo ninguna de las dos. Ni siquiera han llegado a un acuerdo con Coalición Canaria, y mira que dudo de que sea algo imposible de conseguir.

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El día D

No me estoy refiriendo ni al desembarco de Normandía ni a la película sobre él, sino a la película que nos están ofreciendo los políticos en todos los platós de televisión y en todas las tertulias, y que ha llevado a todos los ciudadanos y periodistas a hacerse la siguiente pregunta: ¿qué pasará el día después del 26J?, ¿habrá pactos? Una cosa parece clara, en esta campaña de polarización, los dos líderes de los polos opuestos no presidirán el futuro gobierno que salga, o no, de las urnas del próximo domingo. Mariano Rajoy no continuará al frente del Gobierno y Pablo Iglesias y, por tanto Podemos, tampoco encabezarán ningún gobierno.

Rajoy no continuará salvo un imprevisible aumento significativo de escaños porque su crédito político se ha acabado. No importa que siga ganando las elecciones. Tras una larga trayectoria política en el PP que le ha llevado a ser diputado, Ministro de Administraciones Públicas, de Educación, de Interior, de Presidencia, Vicepresidente y Presidente de España en los últimos cinco años, Mariano Rajoy no será ni investido por el centro-derecha, Ciudadanos, que apuesta por otros candidatos del PP (Ana Pastor, Alfonso Alonso, Pablo Casado…) ni tampoco, por supuesto, por el PSOE.

Pablo Manuel Iglesias no será investido como Presidente porque la federación más importante del PSOE, la andaluza, no lo permitirá. En una federación en la que Felipe González es visto como el causante de todo lo bueno que le ha pasado a España en los últimos 40 años, se vería como surrealista votar a un señor que ha tachado a González de “tener el pasado manchado de “cal viva”, de asesino. Tampoco lo será porque hace un par de meses fue él el que impidió que España tuviera, de nuevo, un presidente socialista, y son muchos los dirigentes socialistas que, con razón, piensan que Iglesias solo piensa en una cosa: destruir al PSOE y apropiarse de su historia. De todas formas, que quiera esto tampoco es ilegítimo, aunque nunca lo vaya a reconocer. Y como ha afirmado categóricamente Patxi López, los socialistas “no lo van a permitir”.

Pedro Sánchez habla al oído de Patxi López en la sesión constitutiva del Congreso. - Imagen EFE

Pedro Sánchez habla al oído de Patxi López en la sesión constitutiva del Congreso. – Imagen EFE

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Gurús de los debates electorales

Más allá de sorprenderme o impresionarme la habilidad de Pablo Iglesias para acercarse de una manera tan directa a la gente, la de Albert Rivera para pasar de mostrar muchos nervios al comienzo del debate a presumir de una oratoria envidiable, la capacidad de Pedro Sánchez para pasar de reírse continuamente de las “mentiras” de sus rivales a afianzarse como el candidato más serio y presidenciable en cuanto a propuestas o la de Soraya a salir relativamente airosa de los ataques en cuanto a corrupción de los otros tres líderes políticos, lo que más me ha sorprendido de este debate ha sido la capacidad de tantos periodistas de asegurar quién es el que lo ha ganado. Yo me siento incapaz.

Probablemente, lo único que soy capaz de afirmar con total seguridad es que sí, y que pese a lo que pueda decir Pablo Casado, que aseguró que Rajoy fue el ganador del debate de El País en el que no estuvo, que Mariano Rajoy fue el gran perdedor de este debate por haberse quedado en el sillón de su casa. El hecho de que su sustituta, Soraya Sáenz de Santamaría no lo hiciese tan bien como podíamos esperar de ella, también contribuyó a dicha causa. También es cierto que Rajoy podría haber salido escaldado de este debate de haber ido, ya que no me lo imagino teniendo éxito ante las portadas de “El Mundo” que mostró Rivera en las que se acusaba al Presidente de corrupción.

Ante esta incapacidad mía de como digo, saber quién fue el ganador, anoche decidí quedarme un poco más para escuchar algo del post-debate, tanto en Antena 3 como en La Sexta, y me sorprendió ver como profesionales del periodismo tenían opiniones tan dispares. Por ejemplo, mientras que en Antena 3 un periodista (cuyo nombre desconozco) explicaba que Pedro Sánchez había sido el gran vencedor del debate tras haber demostrado que es el más presidenciable por su gran cantidad de propuestas creíbles (según este periodista fue el que más medidas propuso), otro periodista, esta vez de El Mundo, señalaba a Pedro como el gran perdedor. A continuación, cambié de canal y puse Al Rojo Vivo y, madre mía, parecía que Pablo Iglesias había sido el gran vencedor de la noche y, además, con rotundidad. Se llegó a asegurar que su intervención final en el “minuto decisivo” del debate iba a ser lo más recordado de la campaña como si el discurso de Iglesias estuviese a la altura de otros ampliamente recordados como los de Winston Churchill o los de Martin Luther King. En conclusión, los post-debates, todo lo contrario de ayudarme a saber quién había sido el ganador, me hicieron darme cuenta, una vez más, de la insistente falta de objetividad en los medios españoles. Tampoco lo reprocho, porque al final es lo que demanda la audiencia.

Disfruté del debate, sin duda, pero para nada fue decisivo. Ana Pastor y Vicente Vallés no consiguieron conocer algo más acerca de los pactos post-electorales, que era su gran misión. Tampoco me aclaré si, por ejemplo, el contrato único que propone Ciudadanos es una vuelta de tuerca más a la reforma laboral del PP como defiende el PSOE o si, en cambio, traerá de verdad contratos indefinidos de calidad de una vez a España.

Solo el próximo 20 de diciembre nos dirá si Rajoy pagará el no haber ido a este debate, si Pedro Sánchez recibirá la confianza para llevar a cabo las reformas que promete, si Pablo Iglesias llegará a más gente que a la que pareció resignarse con su alegato final, a una minoría guiada por el populismo, y si Albert Rivera tendrá que elegir entre el PSOE y el PP o si estos dos partidos tendrán que elegirle a él.

Los participantes en el debate (de izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría).

Los participantes en el debate (de izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría). Foto: El Confidencial.