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Camino de terceras elecciones

Hace un mes, e incluso hace una semana, parecía evidente que la obligación de Ciudadanos y del PSOE era, respectivamente, abstenerse y votar afirmativamente en una investidura de Mariano Rajoy pero todo me parece cada vez más complicado. Lo es aún más tras el procesamiento del PP por la presuntamente deliberada destrucción de los ordenadores de Bárcenas con el único fin de destruir pruebas y eso que habrá que ver si el único que sale escaldado de todo esto es el informático del PP.

Hay que ir por partes. En primer lugar, Albert Rivera se ha comprometido a que los 32 diputados de Ciudadanos se abstengan y no es moco de pavo teniendo en cuenta cómo está la situación. Y lo que es más, ya ha incumplido una de sus promesas electorales. Por tanto, ¿con qué legitimidad hablaría Rivera a sus electores si decide votar sí a Rajoy? y ¿qué cara se les quedaría a todos los ciudadanos que han confiado en Rivera como garante de la regeneración democrática? Cara de tontos.

Sin embargo, si el PP ofrece a Rivera la dimisión o el cese de Fernández Díaz, un pacto por la educación y unas cuantas medidas de regeneración democrática, le pondría mucho más fáciles las cosas a Ciudadanos. Pero el Partido Popular no parece por la labor. Equivocado está el PP si piensa que le van a llover los votos del cielo y seremos muchos los españoles que les culparemos de una hipotética nueva repetición de elecciones si Rajoy no se pone a trabajar de una vez. A trabajar de verdad. Está muy bien eso de que se sacó las oposiciones muy joven y que tiene una dilatada trayectoria pero le falta cierta cultura de pacto. Para pactar hay que trabajar y Rajoy no está haciendo ahora mismo ninguna de las dos. Ni siquiera han llegado a un acuerdo con Coalición Canaria, y mira que dudo de que sea algo imposible de conseguir.

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El día D

No me estoy refiriendo ni al desembarco de Normandía ni a la película sobre él, sino a la película que nos están ofreciendo los políticos en todos los platós de televisión y en todas las tertulias, y que ha llevado a todos los ciudadanos y periodistas a hacerse la siguiente pregunta: ¿qué pasará el día después del 26J?, ¿habrá pactos? Una cosa parece clara, en esta campaña de polarización, los dos líderes de los polos opuestos no presidirán el futuro gobierno que salga, o no, de las urnas del próximo domingo. Mariano Rajoy no continuará al frente del Gobierno y Pablo Iglesias y, por tanto Podemos, tampoco encabezarán ningún gobierno.

Rajoy no continuará salvo un imprevisible aumento significativo de escaños porque su crédito político se ha acabado. No importa que siga ganando las elecciones. Tras una larga trayectoria política en el PP que le ha llevado a ser diputado, Ministro de Administraciones Públicas, de Educación, de Interior, de Presidencia, Vicepresidente y Presidente de España en los últimos cinco años, Mariano Rajoy no será ni investido por el centro-derecha, Ciudadanos, que apuesta por otros candidatos del PP (Ana Pastor, Alfonso Alonso, Pablo Casado…) ni tampoco, por supuesto, por el PSOE.

Pablo Manuel Iglesias no será investido como Presidente porque la federación más importante del PSOE, la andaluza, no lo permitirá. En una federación en la que Felipe González es visto como el causante de todo lo bueno que le ha pasado a España en los últimos 40 años, se vería como surrealista votar a un señor que ha tachado a González de “tener el pasado manchado de “cal viva”, de asesino. Tampoco lo será porque hace un par de meses fue él el que impidió que España tuviera, de nuevo, un presidente socialista, y son muchos los dirigentes socialistas que, con razón, piensan que Iglesias solo piensa en una cosa: destruir al PSOE y apropiarse de su historia. De todas formas, que quiera esto tampoco es ilegítimo, aunque nunca lo vaya a reconocer. Y como ha afirmado categóricamente Patxi López, los socialistas “no lo van a permitir”.

Pedro Sánchez habla al oído de Patxi López en la sesión constitutiva del Congreso. - Imagen EFE

Pedro Sánchez habla al oído de Patxi López en la sesión constitutiva del Congreso. – Imagen EFE

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Gurús de los debates electorales

Más allá de sorprenderme o impresionarme la habilidad de Pablo Iglesias para acercarse de una manera tan directa a la gente, la de Albert Rivera para pasar de mostrar muchos nervios al comienzo del debate a presumir de una oratoria envidiable, la capacidad de Pedro Sánchez para pasar de reírse continuamente de las “mentiras” de sus rivales a afianzarse como el candidato más serio y presidenciable en cuanto a propuestas o la de Soraya a salir relativamente airosa de los ataques en cuanto a corrupción de los otros tres líderes políticos, lo que más me ha sorprendido de este debate ha sido la capacidad de tantos periodistas de asegurar quién es el que lo ha ganado. Yo me siento incapaz.

Probablemente, lo único que soy capaz de afirmar con total seguridad es que sí, y que pese a lo que pueda decir Pablo Casado, que aseguró que Rajoy fue el ganador del debate de El País en el que no estuvo, que Mariano Rajoy fue el gran perdedor de este debate por haberse quedado en el sillón de su casa. El hecho de que su sustituta, Soraya Sáenz de Santamaría no lo hiciese tan bien como podíamos esperar de ella, también contribuyó a dicha causa. También es cierto que Rajoy podría haber salido escaldado de este debate de haber ido, ya que no me lo imagino teniendo éxito ante las portadas de “El Mundo” que mostró Rivera en las que se acusaba al Presidente de corrupción.

Ante esta incapacidad mía de como digo, saber quién fue el ganador, anoche decidí quedarme un poco más para escuchar algo del post-debate, tanto en Antena 3 como en La Sexta, y me sorprendió ver como profesionales del periodismo tenían opiniones tan dispares. Por ejemplo, mientras que en Antena 3 un periodista (cuyo nombre desconozco) explicaba que Pedro Sánchez había sido el gran vencedor del debate tras haber demostrado que es el más presidenciable por su gran cantidad de propuestas creíbles (según este periodista fue el que más medidas propuso), otro periodista, esta vez de El Mundo, señalaba a Pedro como el gran perdedor. A continuación, cambié de canal y puse Al Rojo Vivo y, madre mía, parecía que Pablo Iglesias había sido el gran vencedor de la noche y, además, con rotundidad. Se llegó a asegurar que su intervención final en el “minuto decisivo” del debate iba a ser lo más recordado de la campaña como si el discurso de Iglesias estuviese a la altura de otros ampliamente recordados como los de Winston Churchill o los de Martin Luther King. En conclusión, los post-debates, todo lo contrario de ayudarme a saber quién había sido el ganador, me hicieron darme cuenta, una vez más, de la insistente falta de objetividad en los medios españoles. Tampoco lo reprocho, porque al final es lo que demanda la audiencia.

Disfruté del debate, sin duda, pero para nada fue decisivo. Ana Pastor y Vicente Vallés no consiguieron conocer algo más acerca de los pactos post-electorales, que era su gran misión. Tampoco me aclaré si, por ejemplo, el contrato único que propone Ciudadanos es una vuelta de tuerca más a la reforma laboral del PP como defiende el PSOE o si, en cambio, traerá de verdad contratos indefinidos de calidad de una vez a España.

Solo el próximo 20 de diciembre nos dirá si Rajoy pagará el no haber ido a este debate, si Pedro Sánchez recibirá la confianza para llevar a cabo las reformas que promete, si Pablo Iglesias llegará a más gente que a la que pareció resignarse con su alegato final, a una minoría guiada por el populismo, y si Albert Rivera tendrá que elegir entre el PSOE y el PP o si estos dos partidos tendrán que elegirle a él.

Los participantes en el debate (de izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría).

Los participantes en el debate (de izquierda a derecha, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Soraya Sáenz de Santamaría). Foto: El Confidencial.