Entradas de la categoría 'Historias'

Al salir del cascarón

Para no perder la costumbre, llegué con media hora de antelación a la tribuna de invitados con la esperanza de enterarme de algún chascarrillo. Quince minutos antes del comienzo de la sesión, un grupo de personas a las que yo había identificado como miembros de la “Operación Cal” llegaron a la tribuna. Se sentaron por separado, aunque las miradas y las señas dejaban claro que habían venido juntos. Todos llevaban una carpeta negra y muchos unos buenos habanos en el bolsillo de la americana. Sin duda, algo iba a pasar.

Éramos pocos los periodistas al corriente de las reuniones que cada jueves habían tenido lugar en la habitación 215 del Hotel Ritz. Sin embargo, ninguno de ellos se había atrevido a publicar nada. No estábamos dispuestos a adentrarnos en un asunto que quizás nos venía demasiado grande. No importaba si eran periodistas, empresarios o funcionarios, jóvenes o mayores y comunistas, nacionalistas o derechistas. Todos se reunían allí.

Los diputados iban llegando poco a poco y los socialistas miraban con desconcierto la tribuna repleta. Aún recuerdo la mirada de desdén del que sería el próximo líder del PSOE hacia la tribuna, como si se esperase lo que iba a suceder en las próximas horas. Yo, desde luego, no lo sabía. Bajé a la sala de prensa.
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Miradas cruzadas

Me asomé al pozo y descubrí, aterrorizado, unos esqueletos de hombres, mujeres e incluso niños que se podían contar por decenas. Superpuestos, amontonados como si las almas que un día llevaron dentro no importasen nada. Humillados. Una culebra recorría los huesos descendiendo por el cráneo y enrollándose en las costillas.

A lo largo de la mañana había hallado objetos de poco valor como restos de cerámicas medievales y tejas pero había algo que me había llamado la atención sobremanera. Era un casquillo de bala de unos setenta u ochenta años conservado en muy buenas condiciones. Sin embargo, al soplar la tierra y limpiarlo descubrí que, desgraciadamente, no incluía ninguna inscripción. El objetivo de mi excavación no era encontrar algo de un valor incalculable, pero había soñado con encontrar algo que  “alterase” el rumbo de la historia y aquel casquillo de bala era toda una esperanza. Siempre había sido un soñador y las películas de Indiana Jones que mi padre acostumbraba a ponerme habían marcado mi infancia entre aventura y aventura. En realidad, más que un sueño era una cuestión familiar.

El casquillo de bala había sembrado la esperanza y yo seguía excavando apasionadamente buscando algo que me indicase qué es lo que hacía allí. Ya tenía callos del verano y apenas noté el frío en mis palmas. Las horas pasaban, la lluvia salpicaba mi ropa y mis botas se llenaban de barro pero mis ganas seguían imperturbables. Incluso, llamábamos la atención de los vecinos de Puente Real que observaban atónitos cómo destrozábamos sus matojos y cómo desenterrábamos su historia con nuestra curiosidad, de la que quizá pecábamos desde el punto de vista moral. O no. Entre todos ellos, apareció una anciana que me golpeó con su bastón por la espalda para advertirme.
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La historia del niño que dejó de tener miedo

Era la noche más calurosa del verano, él odiaba aquellas noches  ya que de pequeño, al menos una vez al año, se despertaba en mitad de la madrugada y, por culpa de los sudores y no poder dormirse, su mente imaginaba ruidos o convertía pequeños sonidos en los pasos de un ladrón. Su  sensación térmica se triplicaba lo que no le impedía que, por miedo, se tapara sigilosamente con su edredón para sentirse más seguro. Pasaba horas despierto sin realizar ni un solo movimiento, no fuera que el desconocido descubriese que no dormía, hasta que finalmente se armaba de valor y encendía la luz y, de nuevo, descubría que habían sido imaginaciones suyas.

Ya con unos años más, en una de esas bochornosas noches  de verano el joven  se despertó y oyó esos ruidos, pero al momento encendió la luz pensando que no había nada realmente debido a su madurez, recordando aquellas eternas horas en vela de agonía e incertidumbre.

Pero, al iluminar aquella pequeña habitación, se dio cuenta de que tenía un cuchillo rozándole el cuello.  Esta vez era de verdad. Vislumbró a su asesino. Y ese era yo.

 

Un terrible suceso

El teléfono suena en mitad de la noche, permanezco en la cama pensando que mis padres lo cogerán pero al instante recuerdo que han salido con unos amigos así que cojo el teléfono. Al otro lado del teléfono un teniente de la Guardia Civil me pide que se ponga un adulto pero mis padres habían salido así que no le quedó más remedio que le escuchase yo. Me comunicó que el coche de mi padre había sufrido un accidente y que habían encontrado dos cadáveres, no puede ser dije, no me lo creo, lo siento comentó el teniente. Llamé a mis familiares que no daban crédito, mi hermana y yo estábamos muy nerviosos aquella noche a pesar de la presencia de mis tíos hasta la mañana. Yo estaba convencido de que no podía ser verdad, nunca dejé de creer en que seguían vivos. Continuar leyendo