Miradas cruzadas

Me asomé al pozo y descubrí, aterrorizado, unos esqueletos de hombres, mujeres e incluso niños que se podían contar por decenas. Superpuestos, amontonados como si las almas que un día llevaron dentro no importasen nada. Humillados. Una culebra recorría los huesos descendiendo por el cráneo y enrollándose en las costillas.

A lo largo de la mañana había hallado objetos de poco valor como restos de cerámicas medievales y tejas pero había algo que me había llamado la atención sobremanera. Era un casquillo de bala de unos setenta u ochenta años conservado en muy buenas condiciones. Sin embargo, al soplar la tierra y limpiarlo descubrí que, desgraciadamente, no incluía ninguna inscripción. El objetivo de mi excavación no era encontrar algo de un valor incalculable, pero había soñado con encontrar algo que  “alterase” el rumbo de la historia y aquel casquillo de bala era toda una esperanza. Siempre había sido un soñador y las películas de Indiana Jones que mi padre acostumbraba a ponerme habían marcado mi infancia entre aventura y aventura. En realidad, más que un sueño era una cuestión familiar.

El casquillo de bala había sembrado la esperanza y yo seguía excavando apasionadamente buscando algo que me indicase qué es lo que hacía allí. Ya tenía callos del verano y apenas noté el frío en mis palmas. Las horas pasaban, la lluvia salpicaba mi ropa y mis botas se llenaban de barro pero mis ganas seguían imperturbables. Incluso, llamábamos la atención de los vecinos de Puente Real que observaban atónitos cómo destrozábamos sus matojos y cómo desenterrábamos su historia con nuestra curiosidad, de la que quizá pecábamos desde el punto de vista moral. O no. Entre todos ellos, apareció una anciana que me golpeó con su bastón por la espalda para advertirme.

-¿Se puede saber qué hacéis? ¡Parad!- exclamó con desesperación.

-Perdone, señora, solo estamos haciendo unas prospecciones arqueológicas. Tenemos todos los permisos y, si no le importa, continuaremos con nuestro trabajo- respondí con toda la buena educación que pude consciente de que muchas veces en los pueblos los permisos importan bien poco.

-Interés académico dicen… ¡Vaya estupidez! Les recomiendo que no excaven demasiado o quizás se lleven una sorpresa. Luego no digan que no les avisé…-afirmó con una sonrisa que indicaba que quería que hiciésemos todo lo contrario.

Sería muy ingenuo por su parte pensar que después de sus palabras íbamos a parar de excavar,  más bien  al contrario.

Ya llevaba tres horas excavando cuando me di cuenta de que estaba siguiendo el camino equivocado. El casquillo lo había encontrado bastante pronto por lo que cualquier otro objeto relacionado con él no estaría a gran profundidad. Tenía que buscar en el mismo estrato del suelo. Entonces, decidí comenzar a limpiar cuidadosamente el muro con la esperanza de encontrar alguna bala clavada entre las piedras. Y así fue. A medida que iba limpiando las piedras  del muro iba hallando una, dos, tres y hasta diez balas, todas iguales, algo oxidadas por el paso del tiempo.

Traté de no llamar la atención y que los lugareños no se diesen cuenta de mis hallazgos pero mis esfuerzos fueron en vano. A los diez minutos apareció un grupo de cinco jóvenes que se asomaba a la excavación con curiosidad. Justo en el momento en el que se ofrecieron para ayudarnos empezaron a llegar más personas, un grupo de mujeres que miraban con recelo y un grupo de hombres que bromeaban con sacar la escopeta. Ante la mirada de los mayores del pueblo, los cinco chicos quitaron sus manos del pico y de la pala. A medida que los minutos pasaban y al observar que yo no paraba, se podía apreciar como los niños me miraban con admiración, como si fuese uno más de ellos haciendo una trastada, y los más mayores, cabreados, como si acabase de entrar en sus vidas, como si estuviese robando su intimidad y limpiando el salón de su casa. Cada palada que daba era una palada, un golpe a su memoria.

El resto del pueblo no tardó en enterarse de mis descubrimientos y el gentío empezó a contarse por decenas a las puertas de la excavación. No importaba si eran niños, hombres, mujeres o ancianos, todo el pueblo se encontraba allí, “todos a una”. Al menos de momento. Era consciente de que quizás eran nuestros últimos minutos allí y que antes o después el alcalde nos mandaría a tomar viento fresco así que, guiado por mi alma de periodista, proseguí con mi trabajo con tranquilidad pero con más insistencia que nunca. Cogí de nuevo el martillo, olvidé las agujetas que agarrotaban mis brazos y seguí golpeando las piedras que me impedían avanzar.

Tal era mi insistencia que me tropecé con una piedra y caí al suelo. Fue un golpe de suerte ya que al levantar la mirada y apartar unas hierbas el pozo repleto de huesos se presentó ante mí. Rápidamente me libré de la culebra y pude observar entre lágrimas todos aquellos restos humanos. Se podía diferenciar a simple vista entre los hombres y las mujeres. Incluso había alguno con huesos más cortos. Mis peores pesadillas se hacían realidad. Sin embargo, todos ellos cumplían una misma seña de identidad: tenían un agujero de bala en la parte trasera del cráneo. Habían sido asesinados por la espalda.

Salí del pozo con una costilla en la mano y con el casquillo en la otra y se los mostré a los habitantes de Puente Real, incrédulos y despistados los más jóvenes y con la mirada baja los mayores. Otros lloraban desconsoladamente. “¿Qué he hecho?”, me preguntaba, mientras unos y otros comenzaban a culparse con la mirada. La satisfacción por el hallazgo dio paso a la tristeza al darme cuenta que detrás de dichos esqueletos había una realidad, vidas reales.

-Vaya por Dios, ¡suelta eso ahora mismo! ¡No hay que remover en la historia!- me recriminó uno de ellos. El hombre, con ojos furibundos, cogió la pala y la lanzó muy lejos.

-Gracias, muchas gracias- replicó otra anciana entre sollozos al mismo tiempo que me cogía la mano muy flojito.

Entonces, sentí que había vuelto a 1936.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *